NUEVA YORK, 11 Jul. 14 / 06:42 am (ACI/EWTN Noticias).- Lisa
Selin Davis es una conocida columnista del diario estadounidense The New York
Times que pese a defender el aborto como “un derecho”; reconoció que haber
pasado por esta experiencia en una clínica abortista a los 22 años fue “demasiado
traumático” y espera que sus hijas no tomen la misma decisión.
En su columna del 2 de julio, Selin Davis recordó que cuando
tenía 22 años –y la autoestima muy baja- decidió tener una aventura con un
hombre casado de 36 años de edad, a quien había conocido en el rodaje de una
película.
“Hasta entonces solo había tenido un novio de manera seria”,
indicó, por lo que “de alguna manera, para esa corta edad, estaba convencida de
que debía tomar aquello que estuviera a la mano”, así que decidió involucrarse
en esta relación.
En esa época Lisa ya era una firme activista a favor del
“derecho al aborto” y al encontrarse embarazada de aquel hombre casado, vio una
oportunidad para reafirmar sus convicciones y, por qué no, grabar un video de
su propio aborto.
“No solo era el derecho por el que había marchado, sino una
oportunidad. Podría proporcionar material para los tipos de películas que había
consumido vorazmente en la universidad, en el que las mujeres transformaron sus
experiencias más traumáticas en la sensibilización imágenes emocionalmente
conmovedoras: ‘Cuentos de la violación’ de Margie Strosser o ‘El cuerpo
hermoso’, por Ngozi Onwurah (…). Un aborto hoy, un debut en Sundance mañana”,
recordó.
Así, consultó con la mujer que en ese entonces era su jefa y
esta le dio el nombre de una clínica abortista en Park Avenue, no sin antes
aconsejarle “lo que sea que hagas, no vayas sola”. “Llamé, hice una cita para
el día siguiente y chequeé el precio: 350 dólares, ligeramente más que una
semana de pago”, recordó Lisa, para quien, “el dinero intimidaba, pero no la
misión”.
La columnista relató que el día de la cita llamó a un
servicio de taxi y, cargando una video cámara en su bolso, fue sola a la
clínica.
En el camino entabló conversación con el chofer, a quien
extrañó que fuera al médico al no lucir enferma. “Tengo que hacer un
procedimiento”, le confió Lisa. “¿Cuál procedimiento?”, preguntó el conductor,
que al enterarse que se trataba de un aborto, estacionó el auto y reiteradas
veces le pidió que “no matara al bebé”. Sin embargo, Lisa estaba decidida y el
hombre tuvo que seguir conduciendo.
Sin embargo, al llegar a la clínica, la joven experimentó
algo que no esperaba.
El primer choque con la realidad fue la atención de la
recepcionista. “Me preguntó para qué había ido”. Al no saber qué responder, la
empleada de la clínica insistió: “¿Terminar un embarazo?”. “Lo dijo –expresó
Lisa-, en su mejor manera de preguntar ‘¿Le gustaría papas fritas?’. Con esa
voz”.
Luego los empleados la llevaron a un salón lleno de otras
mujeres y le dieron unos panfletos, así como una bata y zapatillas de papel.
“Nunca se me había ocurrido que esa gente tenía abortos en serie”, expresó
Lisa, para luego reconocer que esa habitación no era “el ambiente liberador”
que esperaba, con todas esas mujeres de “aspecto triste ocultando sus rostros
tras las revistas”.
Posteriormente, las enfermeras la llevaron junto a otras
diez mujeres a un cuarto donde les preguntaron si querían anestesia local o
general. “Todas optaron por la general menos yo”. Lisa pidió anestesia local y
le mostró a la enfermera su videocámara. “Quiero estar despierta y grabarlo”,
dijo con una sonrisa temblorosa.
Sin embargo, la empleada de la clínica la llevó a un lado y
le informó que no podía usar la cámara en la sala de operaciones por razones
legales y que ellos no daban anestesia local; solo daban la opción de elegir
porque la ley lo exige.
La cámara le temblaba entre las manos. Se sentía fría dentro
de su bata de papel mientras miraba el recuadro “general” dentro del
formulario. Guardó la cámara. Lo primero que pensó después de despertar fue que
nunca volvería a salir embarazada y que había malgastado la oportunidad de ser
madre.
Tras el aborto, Lisa comenzó a llorar de dolor mientras el
resto de mujeres “mentían” acompañadas de algún amigo o familiar. Una enfermera
le dijo que parara de gritar porque estaba “alterando a las otras chicas”. Sin
embargo, tuvo que enviar a un doctor para que le hiciera unos masajes en el
útero y finalmente parar el dolor. “O, al menos, parar el dolor físico”, aclaró
Lisa.
“El taxista, la mendicidad y la mujer en su noveno aborto y
la impactante succión en mi útero: Era demasiado traumático para mí, para hacer
arte. O tal vez era solo que yo no era lo suficientemente buena artista para
transformar ese nivel de trauma en algo de lo cual otros pudieran aprender y
usar. Se me había enseñado que el derecho de la mujer a escoger era la cosa más
importante por lo cual pelear, pero no había sabido qué tan brutal era esta
opción”, reflexionó.
De regreso a casa se encontró con su hermano y su novia. “Te
hubiéramos acompañado si lo hubieras pedido”, le dijeron. “Estaba yendo a hacer
un video”, afirmó Lisa, pero vio que sus manos seguían temblando.
La columnista dijo que 15 años después, tuvo dos hijas pero
niega sentir algo por el bebé que abortó. “No quería ese bebé, con ese hombre.
Derechos al aborto, sí, siempre los apoyaré, pero incluso todos estos años
después, deseo que el lema no fuera ‘Nunca más’, sino ‘evitar esto si hay
alguna manera de que sea posible, incluso si es legal, porque es horrible’”.
“Me gustaría que alguien me hubiera alertado de la dureza de
la experiencia, reconocido las etapas de arrepentimiento que se levantaron y
desaparecieron tal como los meses y años pasaron. Quiero que mis hijas tengan
la opción del aborto legal y seguro, por supuesto. Solo que no quiero que
tengan que usarlo”, finalizó.
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